'Els encantats', más que una película, es un estado anímico. Concretamente, el de estar hasta el coño de todo

'Els encantats', más que una película, es un estado anímico. Concretamente, el de estar hasta el coño de todo

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Encantats

Desde 'Verano 1993' no es novedad que el cine español, especialmente el creado por mujeres, se lance a lo rural como manera de hacer las paces con el pasado, entender los orígenes y crear un halo de nostalgia que sirva para entendernos a nosotros mismos. El retorno al pueblo, en su parte más melancólica (dejando aparte fabulosas películas como 'Suro' o 'As bestas') pertenece, hoy por hoy, a cine femenino como 'Alcarràs', 'Cinco lobitos', 'La inocencia', 'El agua' o 'La maternal': películas en las que las mujeres toman la voz cantante para explicar, poco más o menos, lo hartísimas que están de todo.

No puc mès

'Els encantats' no solo es un retorno al pueblo o una investigación sobre tus propios orígenes: es, ante todo, la visión del universo de una mujer, Irene, de la que solo podemos llegar a intuir algunos aspectos de su vida. Tiene una hija, está separada, ha hecho de su maternidad el centro del universo y sin su criatura es incapaz de moverse hacia un lado u otro. Y, además, en el pueblo tampoco está consiguiendo encontrar lo que estaba buscando. Por decirlo de otra manera: está hasta el coño de todo.

En el fondo, la nueva película de Elena Trapé es una ruptura con el planteamiento del cine rural femenino español, típicamente centrado en lo bucólico y nostálgico, encontrando motivos para vivir y seguir adelante junto con las esperanzas del ayer entre tierras, masías y vacas. Aquí no hay tono agridulce, porque para empezar la dulzura solo se encuentra a muy pequeñas dosis y deja paso a una apatía vital en la que Irene no puede evitar preguntarse qué demonios está haciendo ahí.

Encantats

Si en películas como '20.000 especies de abejas' ya se intuía lo rural como prisión más que como la liberación prometida por Carla Simón, en 'Els encantats' se nos plantea como óleo inamovible en el tiempo, condenado al adiós, en el que se vive más en pasado que en presente. El problema es que cuando Irene intenta traer los arrebatos sexuales, las amistades infantiles y los hogares perfectos de antaño a la actualidad, todo está envenenado, como si el tiempo solo embelleciera los rincones de la memoria.

Un pueblo sin habitantes

Antist, el pueblo de Irene, parece un lugar fantasma, en el que solo unos pocos tienen derecho a vivir y en el que ella solo es una invitada de paso por un road trip de la memoria no siempre explicitado en el que introducir nuevas identidades es un profundo error. Es casi como si el propio ambiente expulsara a todos los que no pertenecen allí, incluyendo a una protagonista consciente de que es más fácil dejarse absorber por la asepsia emocional de una inexistente nostalgia que atreverse a dar pasos en una nueva vida por la que se siente aterrada.

Elsenca

El problema de 'Els encantats' es que el puzzle formado por unos momentos que no siempre son acertados o interesantes solo cobra sentido con la imagen final, una escena por la que se construye toda la película y que deja ver el increíble poder interpretativo de Laia Costa, que demuestra que 'Cinco lobitos' distaba mucho de ser un espejismo: su poder en las cortas distancias es casi magnético, a pesar de que la película erra al jugarse toda la partida a una última jugada exquisita.

Eso no significa que el resto del metraje sea malo, ni nada parecido: la desazón vital y la hartura como forma de vida de una mujer que trata de recuperar la adolescente que era pero ya no le sale lo de follar en un cementerio o bañarse desnuda en el río es, cuando poco, fascinante por pura comparación. Acostumbrados como estamos a ver en el cine el pueblo bien como un lugar repleto de magia o de terror, Trapé le extirpa todo el significado místico: el pueblo es un lugar, y por sí solo no es capaz de cambiarte el estado de ánimo. Por muy sobrepasado que estés.

Estado vital: Ya está bien, ¿no?

Lo mejor de 'Els encantats' es que Irene, nuestra protagonista, no es la tipica madre coraje que todo lo hace bien y una de cada dos palabras es de superación personal. Claro que no. Hablando en plata, es una gilipollas. Y no pasa nada: el cine feminista también tiene que tener espacio para personajes gilipollas. Nuestra protagonista dice lo que no tiene que decir, se escaquea de cuidar a su pareja, se obsesiona con un rasguño de su hija y se niega siquiera a responder a su madre. En esta vida repleta de preocupaciones, ella misma es su principal problema.

Cada vez que llama a su ex, que por primera vez puede estar unas semanas con su hija, su única preocupación es preocuparse por nimiedades, continuamente saber si ha preguntado por ella o si quiere volver, algo que contrasta con el cariño nulo que le da a su propia madre. No sabemos nada del trauma de Irene más allá de lo que podemos intuir aquí y allí, pero sí somos capaces de ver que no está tomando en ningún momento las decisiones más acertadas. Hay quien dirá que el pueblo es sanador para ella, pero realmente funciona más como burbuja: hay problemas al entrar y al salir, pero no dentro. Y se aferra a ello como puede.

'Els encantats' no es perfecta ni intenta serlo, pero es una radiografía maravillosa de un personaje apático que finge bienestar continuo y a la que el atosigamiento de su vida le hace tener un solo estado vital: el de la hartura más absoluta. Dentro de la evolución del cine femenino rural es una piedrecita más en el camino de la subversión de las historias casi románticas y embellecidas que se nos han propuesto durante los últimos años. Porque al final, en un pueblo puedes descansar más o menos, pero no es capaz de curarte de manera mágica. Se pongan como se pongan en el resto del cine español.

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